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Prevención, la nueva frontera para doblar la curva

La historia del VIH ha sido también la historia de la prevención. Desde los primeros años de pánico y desconocimiento, cuando las campañas se limitaban a mensajes genéricos sobre el uso del preservativo, hasta la sofisticación actual de las estrategias biomédicas, el camino ha sido largo y desigual.

JULIO 2026

Hoy, las herramientas de prevención combinada —educación sexual, testeo rápido, tratamientos de prevención farmacológica, campañas comunitarias y tratamiento universal para quienes viven con el vi- rus— conforman un arsenal científico sin precedentes. Sin embargo, el final del VIH no depende tanto de su existencia como de su alcance real.

El infectólogo Pepe García de Lomas, asesor del Plan Andaluz de ITS, VIH y Sida, define la situación como “el momento histórico con más herramientas para hacer frente a la pandemia”. La metáfora que usa es precisa: una caja de herramientas que, bien combinadas, permiten imaginar un futuro sin nuevas infecciones. El problema, admite, es que no todas están al alcance de todas las manos.

En España, la prevención farmacológica ha supuesto un punto de inflexión. Pero su éxito es desigual. García advierte que “las personas migrantes representan aproximadamente la mitad de los nuevos diagnósticos, pero sólo una cuarta parte de quienes usan estos tratamientos preventivos”. La brecha revela el talón de Aquiles del sistema: equidad y acceso.

“Estamos en el momento histórico con más herramientas para hacer frente a la pandemia, pero no todas están al alcance de todas las manos”

Pepe García

Infectólogo, asesor del Plan Andaluz de ITS, VIH y Sida

Mientras tanto, las unidades hospitalarias asumen el grueso de las prescripciones, lo que genera listas de espera y sobrecarga asistencial. Para que la prevención cumpla su papel estructural, los expertos insisten en que hace falta repensar los circuitos: modelos más flexibles, descentralizados, con participación de atención primaria, farmacias y organizaciones comunitarias.

La enfermera Roser Font, del Hospital Universitario Mutua Terrassa, coincide: la prevención es, de nuevo, la pieza que puede cerrar el círculo. Durante años, el tratamiento acaparó toda la atención, pero hoy la estrategia más eficaz pasa por la prevención combina- da: detectar antes, tratar antes y reducir al mínimo la transmisión. Font defiende que la educación afectivo-sexual y la atención personalizada son tan importantes como los fármacos: “La consulta de ITS debe ser algo más que una receta. Allí es donde se trabajan la motivación, la adherencia, la salud emocional y el enfoque centrado en la persona”.

“La consulta de ITS debe ser algo más que una receta: allí se trabaja la motivación, la salud emocional y la adherencia”

Roser Font

Enfermera, Hospital Universitario Mutua Terrassa

La aparición de tratamientos preventivos de acción prolongada está cambiando las reglas del juego. Estos tratamientos alivian el peso de la toma diaria, mejoran la adherencia y reducen el estigma asociado a “tener que medicarse” para no infectarse. En palabras de Font, “no son una vacuna, pero se le parecen en su efecto psicológico: permiten olvidarse del VIH por un tiempo y eso mejora el bienestar emocional”.

Sin embargo, la prevención puede reproducir desigualdades si no se acom- paña de una estrategia de acceso. “De poco sirve una herramienta eficaz si no llega a quienes más la necesitan”, resume la enfermera. El discurso del activista Jorge Garrido, director de la ONG Apoyo Positivo, amplía el foco. Para él, el verdadero cuello de botella no es científico sino político: “Tenemos la ciencia, pero falta una política pública actual, ajustada a las necesidades de las personas, y la valentía de eliminar la serofobia institucional y social”.

“El fin del VIH no será solo médico sino social”

Jorge Garrido

Activista, director de la ONG Apoyo Positivo

Garrido recuerda que el estigma es el muro que separa las innovaciones del impacto real. Sin educación sexual integral y sin un marco de salud pública inclusivo, los tratamientos preventivos se convierten en privilegio. Por eso reclama una descentralización radical de la prevención, con pro- gramas comunitarios que lideren el acceso y el acompañamiento. “El fin del VIH no será solo médico sino social”, afirma.

Esa visión coincide con los objetivos internacionales. Onusida y la OMS han advertido que los avances de los últimos años corren riesgo de estancarse si los programas de prevención no alcanzan a las poblaciones clave: mujeres jóvenes, personas trans, migrantes y otras personas en situación de vulnerabilidad. La evidencia muestra que los nuevos tratamientos de prevención pueden reducir la incidencia en más de un 80%, pero su impacto depende de la cobertura. Y la cobertura, de la voluntad política y los recursos.

El horizonte científico es alentador

Las terapias preventivas de larga y muy larga duración se están probando en distintos formatos y podrían convertirse en un componente estructural de las estrategias nacionales. Pero los expertos son prudentes: aún no hay vacuna y, probablemente, no la habrá antes de 2030. La prevención seguirá siendo, por tanto, una combinación de farmacología, educación y justicia social.

En este punto, la sensación general entre los especialistas es de optimismo vigilante. Se ha recorrido un camino enorme, pero la batalla se ganará o perderá en los márgenes: en la calle, en los centros comunitarios, en la atención primaria, en las políticas que garantizan —o niegan— el acceso.

La prevención ha vuelto al centro del tablero. No como una consigna, sino como un imperativo.

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