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Carla y Xúlia: dos generaciones tocadas por la heroína y el sida

Como les sucede a los protagonistas de la película Grand Canyon, de Lawrence Kasdan, la vida de Xulia y Carla está unida por lazos invisibles. Se presenta a trozos que, al final, recomponen un puzle casi imposible. La casualidad o el destino, ¿quién sabe?, lleva inevitablemente a entrelazar la vida de las personas. Grand Canyon no trata del sida, pero es de 1991, cuando los años de plomo de la pandemia de VIH: cuando no había cura y sí estigma, silencio y dolor. También, coincide con los años en los que empieza a tejerse de manera paralela la vida de Xulia y Carla.

ENERO 2026

Ambas han utilizado el arte para reconstruir la historia de una generación arrasada por las drogas y el VIH. Xulia, para que su hija Lucía entienda la historia de amor de sus padres, las consecuencias de su adicción a la heroína, la muerte de Nico —el padre— por sida en 1992, y su propia lucha contra el VIH, del que fue diagnosticada en 1986. Carla, para entender a sus padres, también adictos a la heroína, fallecidos de sida en 1989 y 1993, respectivamente. La historia de una es la historia de la otra.

Ambas han utilizado el arte para reconstruir la historia de una generación arrasada por las drogas y el VIH. Xulia, para que su hija Lucía entienda la historia de amor de sus padres, las consecuencias de su adicción a la heroína, la muerte de Nico —el padre— por sida en 1992, y su propia lucha contra el VIH, del que fue diagnosticada en 1986. Carla, para entender a sus padres, también adictos a la heroína, fallecidos de sida en 1989 y 1993, respectivamente. La historia de una es la historia de la otra.

La cineasta Carla Simón acaba de presentar su largometraje Romería, donde reconstruye la historia de sus padres, Kin y Neus. Esa misma historia, pero desde los ojos de una niña, la abordó en su debut Estiu 1993. La inspiración, de nuevo, llega de la memoria familiar, pero también del libro Futuro imperfecto, publicado por Xulia Alonso en 2013. Xulia traza en él un retrato preciso de esa generación destruida, la que sufrió las consecuencias de la heroína y el VIH: 

Xulia llega primero. Carla, después, deprisa, con su niña recién nacida. Ha sacado hueco de la nada para atender nuestra invitación y encontrarse con Xulia. Está en plena promoción de la película. En cuanto se ven, corren y se dan un abrazo eterno. No hay formalidad. No hay entrevista. No hay tablero. Carla y Xulia, una enfrente de otra..

Xulia:

Yo siempre digo que no te encontré, Carla. Yo creo que tú estabas ya ahí. La historia es de película. Supe de Estiu 93 y de ti gracias a unos amigos que vivían en Argel. Fueron al Instituto Cervantes, proyectaban una película española y fueron a verla. Era Estiu. Y tú estabas allí. Cuando vieron la película, quedaron completamente impactados. Me llamaron inmediatamente.

Me hablaron de la película, de ti, de lo que contabas. Para mí, fue un shock, porque una de mis obsesiones siempre fue cómo iban a vivir nuestros hijos el hecho de que sus padres hubieran sido heroinómanos y muerto de sida. Y también me preguntaba cómo se hablaría de nosotros.

Siempre imaginé que sería desde las cifras, las estadísticas. Te busqué en internet, vi alguna entrevista y me quedé fascinada. Tu forma de hablar transmitía paz. Pensé: esta mujer ha crecido rodeada de amor. Y lo tuve claro. Tenía que conocerte y darte mi libro. Me hacía ilusión que lo leyeras. Luego, me enteré de casualidad de que ibas al Festival de Cine de Pontevedra. Y fui.

Carla:

Lo recuerdo muy bien. Creo que estaba fuera del cine, en la cola, y tú viniste con el libro. No me resultaba del todo desconocido porque una amiga de tu hija conocía a Ana, la editora de Estiu, y ella me había mencionado el libro. Y, de repente, apareciste tú, en persona, con el libro en la mano. Fue como si algo se encajara.

Antes del coloquio, abrí el libro y empecé a leer. Yo también me quedé en shock. Pensé: esto es demasiado fuerte para leerlo antes de hablar en público. Lo cerré. Me lo llevé a casa y lo fui leyendo poco a poco. Para mí, fue revelador. Era como el relato que nunca tuve.

Si mis padres hubieran vivido, quizá me lo habrían contado. Me ayudó a entender esa época y también algo que siempre me resultó difícil comprender: qué significa engancharse a la heroína. Siempre dicen que yo nací vacunada contra las drogas, jamás tuve tentación. Así que para mí era una incógnita. Tu libro me abrió una puerta hacia ese mundo. Y fue un cruce de caminos, sí, unido por el arte.

Carla y Xulia

Carla y Xulia han decidido convertir su dolor, sus preguntas, su reivindicación en arte. Y así, el arte transforma el ejercicio personal de duelo en memoria colectiva.

Xulia:

Cuando escribí el libro, lo más importante para mí era contar el proceso. No solo nuestra historia de amor, aunque lo era. Los últimos años de la vida de Nico los recuerdo con claridad, pero lo esencial es lo que pasó en Santiago de Compostela. Porque imaginaba las preguntas que mi hija podría hacerse si yo moría antes de que ella creciera. (Hasta 1996, cuando Lucía cumplió 8 años, no llegaron los primeros antirretrovirales de gran alcance).

Sobre todo, ese ¿por qué? ¿Por qué alguien se destruye con las drogas, como lo hicimos nosotros? Luego, el sida cayó como una losa enorme sobre todo eso. Yo quería que quien leyera el libro pudiera sentir lo que era ser una chica joven que llega a ese mundo.

La heroína no la buscamos, estaba allí. Trabajé mucho esa parte del relato, la de la seducción.

Carla:

Y lo conseguiste. Lo cuentas desde un lugar crudo y a la vez poético. Te permite intentar imaginar por qué eso atrapaba tanto. Yo siempre busqué ese ¿por qué?

Hoy, las dos han superado su dolor. Y buscan una suerte de reparación para aquellos jóvenes, para aquella generación. Sin embargo, todo deja huella. Hay cosas que sigue costando nombrar.

Xulia:

A mí lo que me duele es el silencio. Lo que pasó en aquellos años fue que el narcotráfico entró en España por la puerta grande, muy rápido. Pasamos de una vida de amor, paz y compartir a la necesidad absoluta de la heroína. Y Santiago, que es una ciudad pequeña, se convirtió en una especie de ciudad sin ley. Había violencia, tiros, atracos. Todo aquello fue muy duro.

Éramos jóvenes, ingenuos, nos creíamos muy listos. Y ese silencio nos dejó como culpables de todo el desastre social que vino después. Y no. Fuimos víctimas y culpables a la vez. El narcotráfico quedó sin estigma, casi convertido en espectáculo en las series. A nosotros nos quedó la culpa. Y el sida remató el dolor de toda una generación. Ese silencio es lo que más me duele.

Carla:

Es que tu ejercicio es una excepción. Cuesta encontrar gente que haya vivido aquello y lo hable tan abiertamente.  Y, luego, está el estigma del VIH. Como si hubiera sido un castigo. Como si hubiera que sentir vergüenza. Todo eso forma parte de un relato que no os pertenece. Vosotros no sabíais lo que venía. Nadie lo sabía.

Xulia:

Claro. Mucha gente que se enganchó y, luego, lo dejó. Ni lo habla con sus hijos porque no se infectaron de VIH. Queda como un episodio de juventud, y ya. Pero los que sobrevivimos con VIH pasamos años muy duros. A mí, la medicación inicial me ha destrozado muchas veces, y aún así tuve suerte.

Carla y Xulia

Lo complejo de las historias como las de Carla y Xulia radica en cómo reflejar una realidad sin caer en el juicio o en la idealización. Para que se pueda entender lo que pasó y para mirar más allá del horror. Contar para que los hijos entiendan, o para que los nietos conozcan.

Carla:

Lo difícil es contar esa historia sin caer en la idealización ni en el drama absoluto. Cuando hice Romería, no quería que quedara solo como un viaje al infierno, ni tampoco como algo romántico. Quería encontrar el punto medio. Porque mis padres fueron mucho más que su adicción, y también mucho más que su enfermedad.

Xulia:

La primera vez que vi Romería tuve que reflexionar. Me colocó en un lugar nuevo, en tu mirada. Y me hizo pensar en mi hija. Sentí que tenía que hablar con ella porque los hijos viven las cosas de otra manera. Y, sí, lo que cuentas de los 80 es verdad: esa libertad era real. Vivíamos muy en el presente. Compartíamos todo. Queríamos ser auténticos. Pero la heroína ya estaba ahí. Y la heroína no tiene prisa. Te espera. Y al final te lleva al infierno. Yo escribí el libro para que mi hija pudiera entender. Para que cuando creciera, si tenía preguntas, hubiera algo desde donde empezar a mirar.

Carla:

Siempre me gusta pensar que tú serías mi madre si la mía no hubiera muerto. Y yo sería tu hija si tú hubieras faltado. Tu libro y mi película se complementan: dos miradas sobre la misma historia. Con tu libro, entendí mucho de la experiencia de mis padres con la heroína y, también, de aquella libertad de la época. Además, dio sentido a algo que guardo como un tesoro: las cartas de mi madre. Al leerlas, es como oírla: habla del clima, del paisaje, de la música, del cine, de la gente y, sí, de las drogas y del trabajo. Son fragmentos íntimos. Tu libro me dio el hilo para completarlos.

Xulia:

Tu película me colocó de lleno en la posición de mi hija. Me emociona y me da rabia que muchos amigos, y Nico, no estén para verlo. Los que venís detrás no queréis demonizar, buscáis rendijas de luz. La adicción fue tremenda y el dolor existe, nunca lo he negado, pero entender alivia.

Carla:

Pienso mucho en cómo contar vuestra historia a nuestros hijos. Le enseñé a mi hijo mi corto Carta a mi madre para mi hijo. Tiene tres años y lo entendió. Creo que contarlo con naturalidad es clave para desmontar estigmas.

Xulia:

Cuando te conocí quise que tú y Lucía fuerais amigas. Ella no tenía cerca a nadie que hubiera vivido algo parecido. Ser hija de una madre con VIH en los noventa tampoco fue fácil. Yo se lo conté a Lucía en el coche, con 10 u 11 años. Vio en la tele unos botes de medicación y supe que era el momento. Le dije que su padre murió por un virus llamado VIH y le hablé de las drogas. Lo hice con naturalidad y le invité a que preguntara. No dijo nada. Tuvo su proceso, lo contó a sus amigos cuando quiso.

Carla:

Saberlo antes de la adolescencia ayuda. A mí, mi madre adoptiva me lo contó a los 12 años. Me llevó al médico para que preguntara sin miedo. Supe que mis padres murieron de sida y que el contagio vino por la droga. Entender el contexto fue clave: no eran un caso aislado, fue generacional.

Y con el conocimiento, llega el proceso de aceptación. El arte puede transformar el dolor y convertirlo en un elemento catártico.

Carla:

Para mí Romería nace de la frustración de no poder entender la historia de mis padres. La película fue liberadora porque me permitió aceptar que hay cosas que no podré saber. A través del cine, pude crear las imágenes que me faltaban, dar cuerpo a lo que siempre había imaginado. Esas imágenes ahora forman parte de mi memoria familiar. Hacer la película fue una manera de cerrar algo. Y coincide con el nacimiento de mi segunda hija, que me ha hecho mirar hacia adelante. Siento que ahora empieza otra etapa.

Xulia:

Para mí, escribir Futuro Imperfecto fue un proceso alucinante. Yo no era escritora, siempre fui lectora. Pero tuve que sumergirme a fondo en mi pasado. La memoria es rara, se esconde, y a veces te sorprende. La música me ayudó muchísimo a meterme en las sensaciones de la época de Santiago, porque esa parte no podía documentarla, tenía que sentirla.

Hubo un momento, escribiendo una escena, en que tuve que parar… Fui consciente de todo lo que habíamos perdido como generación. Me golpeó fuerte. Pero también fue hermoso recordar a todos los amigos. Recuperar sus nombres, sus caras, el amor que nos teníamos. Porque yo viví rodeada de amor, y eso sigue conmigo. No es solo Nico, son todos.

Escribir el libro fue catártico. Como decir: ya está contado, ya no tengo que sostenerlo sola en mi cabeza. Por eso, no puedo leerlo. Si lo leo, se me abre todo de nuevo. Pero haberlo escrito fue sanador.

Carla:

Para mí tu libro fue clave para escribir Romería. Sobre todo, para entender qué se siente con la heroína: esa paz, esa sensación de útero, de no sentir dolor. Y, también, lo que es el mono, el frío que sale de dentro, el cuerpo reaccionando. Esas imágenes se me quedaron grabadas. Y también la idea de que muchos veníais de familias muy rígidas, como casas de Bernarda Alba. Entender eso me ayudó a entender el contexto emocional.

Y, luego, llegó tu participación en la película. Yo me preguntaba cómo transmitir a los actores cómo es pincharse, cómo es el mono. Tu libro les dio mucha información. Michi y Lucía (los actores) lo leyeron y lo usaron como punto de entrada. Y tenerte en el rodaje fue fundamental. Poder preguntar ¿esto se siente así? o ¿ese gesto encaja? daba seguridad. Tú lo cuentas de una forma tan evocadora que ayudó mucho a que ellos pudieran entrar en la escena.

Xulia:

Me acuerdo de ese primer encuentro con los actores. Para explicarles, tuve que volver a meterme en ese lugar, y ellos entraron conmigo. Y, luego, la grabación del síndrome de abstinencia… Fue muy fuerte. Recuerdo explicar detalles como que en el mono no te abrazas, no te tocas, porque la piel duele. Y lo entendieron. Fue muy intenso, pero muy bonito.

Carla:

Fue intenso, sí, y creo que fue un acierto dejar esa escena para que fuera la última en rodar.

Carla y Xulia

Hay unos segundos de silencio. Carla y Xulia parecen meditar todo lo dicho. Después de mirar tanto hacia atrás y de contarlo, ¿qué quedara de todo esto para las generaciones futuras? Xulia arranca de nuevo…

Xulia:

Yo creo que lo importante ahora es contar cómo fueron las cosas de verdad. Cómo lo vivimos. Lo que pasó dejó secuelas en quienes vinieron antes de nosotros y en quienes vinieron después. Fue un nudo en la historia de España, un cambio que marcó a la sociedad para siempre. Pero hay zonas de esa historia sobre las que no se quiere poner luz. Nuestro papel es ponerla. Después, cada uno que saque sus conclusiones.

Carla:

Sí. Para mí, es fundamental reconocer que vuestra generación fue un punto de inflexión, también en valores. Dejasteis atrás el franquismo, el catolicismo obligatorio, el conservadurismo que asfixiaba. Ahora, estamos en un momento frágil. Si no miramos esa historia cara a cara, podemos volver atrás. Por eso, es necesario hablar de vuestra generación, porque os tocó romper con todo.

Xulia:

Totalmente. Hay fechas que se me clavaron. En 1985 muere Rock Hudson, eso marca el inicio del pánico del sida. En 1986 me entero de que tengo VIH. Ese mismo año se aprueba la Ley General de Sanidad, que fue clave. La sanidad pública apostó por salvar vidas sin mirar economía, expectativas o estigma. Las consultas de VIH nacieron ahí, cuando nadie quería hacerse cargo de esos pacientes. Y quienes nos atendieron no solo cuidaban la enfermedad, también nuestras situaciones sociales. Protegieron nuestra confidencialidad cuando eso no estaba garantizado en ninguna parte. Durante muchos años, el único lugar donde yo podía respirar tranquila era en la consulta. Ahí sí podía decir la verdad.

Carla:

Sí. Ayer justo escuché a Clotet (se refiere a Buenaventura Clotet, jefe de sección del Servicio de Medicina Interna del Hospital Germans Trias) contar cómo, al empezar, tuvieron que integrar a psicólogos y a educadores sociales porque no bastaba con atender cuerpos, había que sostener a personas enteras. Fue necesario romper moldes para acompañar el dolor.

Carla y Xulia

Xulia y Carla repasan las casualidades que les unen, el hilo conductor que les ha traído hasta aquí conformando su historia. Se ríen.

Carla:

Si quisiéramos contar algo juntas, creo que tendría que ser una historia de vidas cruzadas. De esas casualidades que, si las pones en una película, nadie se las cree. Y que, en nuestro caso, han pasado varias veces. Nuestro cruce de caminos tuvo algo mágico.

Xulia:

Sí, sí, totalmente. Mira, lo que dices me da una idea. Porque entre Lucía y tú hay un montón de cosas en común que hemos ido descubriendo. ¿Sabes? Si, en vez de grabar esto nos escribiéramos una carta, yo a ti ya sé lo que te diría: gracias. Para mí, descubrirte ha sido como cumplir un sueño que nunca me había permitido tener. Todo lo que estoy viviendo lo comparto con mis amigos, con la gente que me sostuvo en los años duros. Y ellos alucinan. Para mí es un regalo inmenso.

Carla:

Sí. Me siento muy afortunada de que nuestros caminos se hayan cruzado. Creo que tenía que pasar. Cuando alguien decide iluminar algo oscuro, de pronto aparece otra persona que está haciendo lo mismo desde otro sitio. Tu libro responde preguntas que yo llevaba conmigo desde siempre. Y nuestros caminos se cruzaron porque hubo un gesto. Tu libro. Mi película. No estábamos esperando sentadas. Ahí está el paralelismo.

Xulia:

Nos movimos… La voluntad de dar luz. Era algo muy oscuro. Y lo alumbramos.

La manera en que las vidas de Carla y Xulia se han ido entrelazando es casi milagrosa. Las coincidencias abruman. Lucía —la hija de Xulia— nació el 7 de mayo de 1988; Carla nació el 29 de diciembre de 1986. Lucía tiene dos hijos: la mayor se llama Rosa y el menor, que acaba de nacer, Nico. Carla también tiene dos hijos: el mayor se llama Manel y la menor, que nació el 21 de junio pasado, Mila. Mila y Nico se llevan exactamente dos días. Los dos nacieron en el hospital Sant Pau de Barcelona; Lucía y Carla compartieron habitación. Esto tiene otra película… u otro libro.

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