El Museo Nacional Reina Sofía de Madrid acaba de dar un giro profundo a su colección permanente. La reordenación impulsada por Manuel Segade no es sólo un cambio de piezas sino de relato: nuevas asociaciones, nuevos enfoques y una lectura más abierta y compleja del arte contemporáneo.
En ese nuevo mapa, por primera vez, el museo dedica espacios específicos a abordar el impacto del VIH/sida en la creación artística de las últimas décadas. Nada menos que tres salas que funcionan como una memoria emocional de la pandemia, donde conviven los retratos corroídos de Miquel Barceló sobre Hervé Guibert, las imágenes premonitorias de Peter Hujar, la obra imprescindible de Pepe Espaliú o la intimidad desgarradora de Ajuares, de Pepe Miralles.
A ese relato se suma también la mirada crítica del colectivo Cabello/Carceller, cuya serie Sin título (Utopía) convierte piscinas vacías en una metáfora melancólica del olvido de la crisis del sida en la última década del siglo pasado y en la primera del siglo XXI, como si fuese un diálogo inverso con el hedonismo de David Hockney. El recorrido se amplía con voces latinoamericanas como las de Luis Fernando Zapata, Feliciano Centurión o el dúo Las Yeguas del Apocalipsis, junto a trabajos clave de Hal Fischer o David Wojnarowicz. Un conjunto que no sólo recupera una historia silenciada, sino que la sitúa en el centro del debate contemporáneo.
Con todo, el proyecto es más amplio. La nueva presentación ocupa toda la cuarta planta del edificio Sabatini y propone una revisión de los últimos cincuenta años de arte en España a través de 400 obras y más de 200 artistas, con un peso inédito de piezas nunca expuestas antes. El recorrido se articula en tres grandes itinerarios —los afectos, la cultura material y la propia institución— que se entrelazan para ofrecer una historia no lineal, en la que el presente se entiende como una construcción colectiva en diálogo con el pasado.
Más que una cronología, la propuesta es una forma de mirar, un relato que cruza feminismos, nuevas identidades de género, contraculturas, procesos de descolonización o transformaciones sociales, y que sitúa al visitante en el centro de la experiencia. La exposición abandona la neutralidad, introduce nuevos dispositivos de lectura y asume que el museo no solo muestra, sino que construye.
En ese contexto, la incorporación del VIH no aparece como un capítulo aislado sino como uno de los ejes que permiten entender cómo el arte ha respondido a las grandes crisis de nuestro tiempo. Porque, como plantea esta reordenación, el arte contemporáneo no se limita a reflejar la historia: la atraviesa, la cuestiona y, en ocasiones, la anticipa.
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