“Experimentando el VIH” es un proyecto ideado por la epidemióloga Inmaculada Jarrín con el propósito de romper mitos y reducir el estigma. Reunió una mañana de octubre en Madrid a siete hombres y a siete mujeres de distintas edades, orígenes y profesiones. Ninguno sabía a qué iba. Acudieron voluntariamente. Se les citó en un estudio, se les entrevistó por separado y se les pidió que no comentaran nada. Luego, conocieron y conversaron con dos personas que viven con VIH. Contamos aquí cómo discurrió el experimento.
Por la mañana, Wilmer Gamboa salió de casa sin tener muy claro a dónde iba. “No tengo vergüenza”, diría después riendo. Venezolano, 48 años, barajador en un casino online, había aceptado la invitación a participar en un “experimento social”. No sabía más. Le sonaba a esas cosas que uno hace por curiosidad o por pura adrenalina de domingo.
Claudia Serrano, en cambio, lo tomó como algo más formal. “Pensaba que iba a tirar por un anuncio de algo”, contaría después. Con 24 años y un trabajo de auxiliar de dirección, acudió a la invitación pensando que era “una grabación especial”. Ni sospechaba que ese día iba a terminar escuchando a personas que viven con VIH contar, sin filtros, su vida.
“Experimentando el VIH” fue ideado por la investigadora científica del Instituto de Salud Carlos III, Inmaculada Jarrín, coordinadora del proyecto, con un propósito claro: romper mitos y reducir el estigma. “Queríamos que la sociedad entendiera que el VIH hoy no es lo que era hace décadas. Que las personas con VIH pueden llevar una vida plena”, explicó.
El experimento reunió a catorce voluntarios —siete hombres y siete mujeres— de distintas edades, orígenes y profesiones. Ninguno sabía a qué iba. Se les citó en un estudio, se les entrevistó por separado con distintas preguntas y se les pidió que no comentaran nada con los demás. Luego, llegó el momento de la verdad: conocer y conversar con dos personas que viven con VIH.
“Fue un momento muy humano, lleno de verdad”, recuerda Jarrín. Cinco médicos especialistas les explicaron qué es realmente el virus, cómo se transmite, cómo se trata, qué significa hoy “indetectable” y “no transmisible”. Y, al final, se les pidió reflexionar.
Wilmer recuerda con humor los primeros minutos. “Veía las caras de los demás y me daba risa. A mí me habían hecho preguntas de salud y, a otros (eso me decían algunos participantes para disimular), cosas de series de televisión. Pensé: ¿seré yo el pringado al que le han tocado las serias?”
Pero la risa se transformó en silencio cuando se encontró con los testimonios. “Fue como tener un elefante en el salón y darte cuenta de que llevas años fingiendo que no está ahí”, confiesa. “Me avergoncé un poco de mis primeras reacciones. Se me cruzaron ideas de catecismo, eso de que te lo has buscado. Y pensé: qué injustos podemos ser sin darnos cuenta”.
Claudia, más joven, vivió el proceso desde otra orilla. “Yo sí tenía algo de información, por redes sociales, por gente que divulga. Sabía lo de indetectable, intransmisible. Pero nunca había escuchado un testimonio directo”. La emoción la desbordó al escuchar las historias. “Me dejó reflexionando sobre el estigma que aún existe. Que la gente sufra más por el rechazo que por la enfermedad en sí… es muy injusto”.
Para la coordinadora Jarrín, el día fue una montaña rusa de emociones. “Al principio estaban tensos, con esa mezcla de curiosidad y miedo. Pero poco a poco se fueron relajando. Lo más bonito fue ver cómo cambiaba su forma de pensar”.
Claudia recuerda que fue con su madre, también participante. “Ella estaba más nerviosa, pero luego se sintió cómoda. A su generación le tocó vivir la época más dura. Perdió amigos en los 80. Para ella, escuchar que hoy la gente con VIH puede vivir plenamente fue una sorpresa. Y un alivio”.
Wilmer, por su parte, descubrió cosas que le parecían impensables. “No sabía que una madre puede evitar transmitir el virus al bebé. Pensé que era automático. Y lo de que una persona medicada no lo transmite… Eso me cambió la cabeza. Hay mucha ignorancia, incluso de buena fe”.
“Durante mucho tiempo el VIH se asoció al miedo y al silencio”, reflexiona Jarrín. “Se habló de él desde la culpa, no desde la información. Esa huella cultural sigue pesando”.
Por eso, más que una lección médica, el experimento fue un ejercicio de empatía.
Wilmer lo resume así: “A veces, sin querer, somos intolerantes. Opinamos a la ligera y no sabemos si la persona delante tiene VIH o cualquier otra cosa. Nuestras palabras pueden ser cuchillos”.
Claudia añade: “Nos falta educación sexual real, sin tabúes. Si se entendiera bien cómo se transmite el virus, desaparecerían los prejuicios”.
Al terminar la jornada, nadie quiso marcharse enseguida. Había algo en el aire —una mezcla de alivio, curiosidad y gratitud— que los mantenía conversando. Nadie renegó de salir en cámara. “Todos sentían que habían sido parte de algo importante”, dice la coordinadora. “Salimos de allí con una mirada más humana”.
Wilmer, con su humor habitual, lo explica de otra forma: “Entré pensando que era un casting y salí con una lección de vida.” Claudia, más serena, deja su mensaje: “El VIH ya no mata, pero el estigma sí. Y eso podemos cambiarlo”.